miércoles, 12 de diciembre de 2007

Parentela


Mauro, mirá a quién me encontré entre las minas de Potosí... al primo Rober.

Espaldas mojadas... (Bolivia I)





Y pasamos la frontera, nomás. Después de las dudas, decidimos pasar a Villazón, y de ahí seguir subiendo. Hicimos la ruta prevista: primero a Tupiza, luego al salar de Uyuni, a Potosí y, salteando Oruro, directo a La Paz.
Bolivia nos recibió con buen clima, con gente amable y paisajes imponentes, de quebradas, valles, ríos y cerros llenos de minerales.
Como no nos cerraban los horarios de los transportes disponibles (y ya que no quedaban pasajes en el tren directo a Uyuni desde Villazón), decidimos pasar la noche en Tupiza. Es un pueblo chico, volcado, sin embargo, a captar las inquietudes de los turistas que seguirán viaje al salar.
Tras muchas vueltas, una noche durmiendo en cama (después de uno o dos meses de puro aislante), y un buen rato en la plaza del centro, cuyos adolescentes se mostraron afectos al macramé de corte internacional, decidimos contratar un tour al salar, que comprendía el traslado a Uyuni, al salar, la comida y los pasajes a Potosí…
Nos tomamos el tren en clase ejecutiva, porque somos ipis, pero nos gusta darnos ciertos gustitos (y además no quedaban pasajes en otras categorías, todo hay que decirlo). Aprovechamos, pues, para dejar constancia de nuestra admiración por el transporte ferroviario boliviano: el tren que tomamos tenía asientos mullidos y bien reclinables, un mozo que, como si fuera un torero, clavaba sorbetes-banderillas en las botellitas de refresco que luego nos ofrecía con gesto adusto, y, después de la hora de cenar, una alfombra roja extendida a lo largo del vagón, que colaboró grandemente con nuestros aires de nobleza prusiana. Loas y vítores por los trenes de Evo.
Bueno, a un tal Douglas y a nosotros nos esperaban del hostel en el que habíamos reservado habitaciones. Doña Guadalupe, envuelta en un poncho de lana gruesa, y detrás de su vientre orondo, mostraba el cartelito en el que, con visible fibrón estaba escrito el nombre de Douglas, y a puro grito intentaba llamar la atención de Santiago, posiblemente más fácil de pronunciar que los nombre sajones.
La noche, impecable. El agua, caliente. El chofer de la 4x4, Hugo. Hugo fue, entonces, quien nos pasó a buscar para llevarnos al salar: una mancha enorme y blanca en el mapa, que sobre el terreno real tiene nada menos que 12000 kilómetros cuadrados. Una trotadita, nomás.
Allí vimos los hoteles de sal (sí, sí, hechos íntegramente con sal, desde las paredes hasta las barras del bar, las camas y, suponemos, los bidets, ultraabsorbentes). Las pirámides de sal, las montañitas de sal, las casetas de sal, los charquitos de sal… sal imos de ahí con la presión por las nubes, pero chochos de la vida.
Las lluvias de días atrás habían dejado sus marcas en enormes zonas encharcadas, que reflejando todo lo que había sobre el salar (desde las montañas lejanas, hasta los juanetes de Maipa), daba la impresión de ser una extensión del cielo.

Hugo nos deleitó con una quinua hervida y chuletas de res (res istentes a la masticasao), bien acompañado todo con pepino y tomate de la más fresca mata.


Nos quedamos con ganas de hacer el recorrido por las lagunas de colores, que hubiera implicado cuatro días, y unos cuantos dólares por cabeza. Entenderán que no teníamos tiempo que perder.
En un viaje movidito (el sistema de carreteras boliviano no es tan complaciente con la nobleza prusiana), nos fuimos a Potosí, donde llegamos de madrugada, y nos quedamos en el micro hasta el despuntar del alba, cuando los chorros salen gustosos a buscar inocentes palomitas.
¿Palomitas? Cuatro aquí…

lunes, 3 de diciembre de 2007

Tilcara, sin apunarnos...

Habíamos quedado en la ingesta de empanadas a destajo, que marcó nuestra estadía en Salta. Con la panza llena seguimos viaje hacia el norte, en una jornada rarísima para hacer dedo: hubo quien paró y nos ofreció llevarnos, inmediatamente antes de acelerar mientras buscábamos nuestro equipaje; hubo playeros de estaciones de servicio que nos permitían preguntar a los automovilistas sólo si no nos quedábamos en la playa de la estación – o sea: no nos permitían preguntar allí…-; hubo, en fin, dos que viajaron en camión hasta Perico, y luego tuvieron que subir al micro en el que viajaban los otros dos, porque no paraba nadie bajo el sol calcinante.
Llegamos, pues, a Tilcara, después de un viaje agotador, cuando casi anochecía, y en un ratito tuvimos que encontrar camping donde armar las carpas.






Nos instalamos en el camping “Pucará”, siendo los únicos acampantes (si no contamos a “Photo-split”, un ejemplar de fotógrafo abananado, que se retiró del lugar pocas horas después de nuestra llegada) durante toda la estadía.















Tilcara es un lugar hermoso, pintoresco y tranquilo, en el que la gente tiene la insana costumbre de ignorar a los artesanos de joyería en macramé… por lo menos hasta que llevan dos o tres días tirando el paño en la plaza. No vinimos nosotros a modificar el natural de estas gentes, por lo que nos dimos a la peculiar tarea de cortar clavos con los glúteos un buen par de jornadas. No es recomendable: lastima.



Aprovechamos esos días para ejercitar nuestros veloces dedos enhebradores, y conocer los increíbles lugares de la zona: la Garganta del Diablo (sí, aquí también hay una… ¿cuántas gargantas tiene Belcebú?); Purmamarca y su cerro de siete colores, con la “Vuelta de los colorados” incluida; el “lago” artificial de Tilcara – paseo que nadie que venga querrá perderse, lo aseguramos- y, claro, el mismísimo Pucará que inspiró a los dueños del camping en alguna gloriosa jornada bautismal.
















A casi todos estos lugares fuimos con Silvina, Silvio y su pequeña hija, Naira, santafesinos. Los tres andan viajando por el país y el continente en una camioneta, “La Mechi”, pintada por el mismo Silvio, que se dedica al muralismo ambulante. Silvina hace artesanías en vitrofusión y hemos tenido ocasión de compartir con ella el paño, aquí en Tilcara, hacia el final de nuestra estadía, cuando – ¡hay Dios!- cambió nuestra suerte.
Cargada la Mechi, pues, fuimos de acá para allá los siete, compartiendo paisajes, anécdotas y diversos menús.
Los planes, que implicaban seguir viaje hacia Bolivia, quedaron momentáneamente en suspenso, en virtud de la inestable situación política y social del país vecino. Por lo que averiguamos, seguir la ruta que pasa por Villazón, Uyuni, Potosí, Oruro y llega a La Paz, no sería un riesgo. De cualquier modo, entre hoy y mañana decidiremos si el viaje toma un matiz internacional el mismo miércoles, día en que el servicio de trenes boliviano nos permitiría iniciar aquel camino.
Los mantendremos al tanto. Endemientras, abrazos para todos.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Salta, la mojada


Bien, la lluvia. La lluvia ha marcado nuestra estadía en Salta, pero ya hablaremos de eso. La noche de la llegada, finalmente, no trajo mayores complicaciones; debía terminar rápido, y así lo hizo. A dormir sin vueltas.
Despertamos con sol y bastante calor. Nico ya había hecho contacto telefónico con Nacho, el amigo salteño, y nos encontramos con él en el camping. Cayeron algunas gotas, sí, pero creímos entonces que se trataba de una traviesa nubecilla. Con un demonio… Después de charlar animadamente con Nacho y planear nuestros próximos encuentros, nos decidimos, cándidos, a conocer el centro de esta hermosa ciudad. Salimos, bucito sobre los hombros, silbando alguna melodía de tiempos felices. Las gotitas sucesivas insistían en hacer la percusión sobre el asfalto, ¡cuánto nos divertimos entonces!, ¡qué jóvenes desprevenidos, que habían olvidado en las carpas sus protectoras capas de agua!
Tuvimos tiempo para conocer el Mercado Municipal, con su mar de gente hormigueando entre puestitos minúsculos, en los que encontramos ofertas sumamente tentadoras y, diríamos, propias de la ciencia ficción: el kilo de tomates a un peso, la docena de empanadas a siete, dos ananaes por cinco… tres bicocas.

También paseamos por la peatonal, conocimos – los que no la conocíamos aún- la Plaza 9 de Julio, y encaramos hacia los 1000 Negocios, una suerte de Babel de artesanos, en la que repusimos la materia prima de nuestra pyme: “Cuatro Hilos Enhebrados S.A”.
Volvimos caminando bajo una pared de agua que forcejeaba para transformar nuestra materia corporal en parte de sí. Ya nadie silbaba, qué esperanza. Si todos los caminos conducen a Roma, en materia de canaletas y cauces de agua, el destino final es la carpa de Nico… ¡qué suerte! La mencionada carpa flotaba, literalmente, sobre algo más parecido a un lago que a un inocente charquito. Operación rescate, pues, consistente en trasladar todas las cosas del interior de la carpa, y a su dueño mismo, sollozante como una niña exploradora – es mentira, es mentira- a la entrada de los baños; un lugar seco y amable, en el que además pudimos entablar conversaciones con otros refugiados.

Pasó ésta, como todas las tormentas, y nos permitió recomponer la planta de nuestro campamento base. Macrameando nos pasamos el día siguiente, y nada digno de mención sucedió hasta la noche, cuando Nacho y Alvaro nos llevaron a la peña “La Casona del Molino”.
Una noche irrepetible. Empanadas a destajo; vino con moderación (la ingesta excesiva de alcohol puede afectar la salud. Ley 18778552); casona de estilo colonial; músicos que espontáneamente tomaron la guitarra y el bombo legüero y se despacharon con un buen rato de folclore, dejándonos boquiabiertos (ideal para comer más empanadas).


No viene siendo mucho más que eso, Salta. Algunas (pocas) vueltas con los “mangueros” de pulseras y tobilleras por el centro; empanadas de aquí; macrameamos en el camping; empanadas de allá; chapuzón en la pileta gigante del camping (la más grande de Sudamérica, dicen); empanadas de acullá; más lluvia; más empanadas; hicimos humitas en chala en las precarias condiciones del camping; nueva noche en la peña… y, claro, empanadas.















Eso es todo por ahora. Nos volveremos a encontrar, posiblemente, desde Jujuy. No se pierdan los próximos capítulos.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Avanza a Salta (dos casilleros).

Los dados siguen girando, y por ahora eludimos el calabozo. La oca está como loca (lo siento, no podíamos evitar la rima).
Bueno, la última entrada nos quedó sin cola, como el cuis. No había mucho por agregar entonces, así que optamos por cerrarla donde estaba, y en ésta suturamos el tajo (metáfora dirigida al simposio médico familiar).
De la sección Tafí del Valle nos quedó pendiente la visita al Mollar, localidad vecina, distante siete kilómetros del campamento base. Hicimos el camino a pie, guiados por la ya emblemática figura del Metal, ese día muy parecido al David Carradine de Kung Fu. Con la vista en el piso, buscamos piedrecillas con que confeccionar preciosas alajas en macramé.




También tuvimos tiempo de detenernos a sobar los lomos de algunos animalejos, y no faltó una visita al pequeño cementerio del Mollar, ubicado al pie de un cerro. Nos llamó la atención el contraste con la aridez del entorno. El lugar podría ser lúgubre, u oscuro, y sin embargo aquí la muerte tiene sus colores.


Después de un fin de semana afortunado en la venta, seguimos viaje para Amaicha.


No nos fue tan bien con el dedo: Sólo Maipa logró un aventón (queríamos utilizar esta palabra desde hace mucho tiempo, sabrán entender...). Los tres dedos restantes permanecieron en la ruta, hasta la llegada, cerca de las ocho y media de la noche, de un colectivo de línea que cruzó el sinuoso camino de montaña, entre cardones y peñascos.

Doña Juana nos recibió en su humilde camping. No sólo nos facilitó el patio para acampar, sino que también nos abrió las puertas de su corazón, desplegando frente a nosotros, con sumo detalle, los pormenores de una reciente separación. Sólo decir - no es cosa de caer en chusmeríos- que el ex marido, muy chaparrito él, vivía a escasos quince metros de la chilena Juana, por lo que tuvimos oportunidad de presenciar algún que otro intercambio de ideas entre ellos. Sublime, por cierto.

Como si lo anterior fuese poco, Maipa logró hacer su radiografía del simpático personaje, y ahora deleita al resto del grupo con un refinado acento trasandino, que deja la impresión de haber expandido la comitiva a cinco integrantes, en lugar de cuatro. (¡Ya!).



En un día redondo, salimos de Amaicha a dedo hacia las ruinas de Quilmes. Los cimientos reconstruidos de una ciudad al pie de un cerro, en la que habitaron, en su época dorada, entre seis mil y ocho mil quilmes. Es trágico el final de este pueblo, que luego de una larga resistencia a la conquista española, y ante la inminencia de la derrota, en la batalla final decidió, casi en su totalidad, morir antes que ser esclavos: las mujeres, con sus hijos en brazos, y muchos de los hombres que quedaban, se lanzaban desde el cerro. Los que sobrevivieron fueron obligados por el gobernador colonial de Tucumán, Mercado y Villacorta, a caminar hasta la provincia de Buenos Aires, muriendo muchos en el camino. Pocos años después, habían desaparecido todos los quilmes puros.
La planta del pueblo, con sus habitaciones comunitarias y sus silos, protegida por una muralla de piedras, y dos atalayas desde los que se observa todo el valle, es impresionante. En el centro de la planta, un observatorio astronómico que deja constancia de las avanzadas inquietudes científicas del pueblo quilmes, bajo la influencia del imperio incaico. Más de quinientos años después, en ese mismo lugar, recibíamos la llamada de Josechu en el celular de Maipa. La elipsis está servida. Un Kubrick ahí, por favor.


Hoy, junto a las ruinas, cuya administración reclaman por derecho quince comunidades indígenas de la zona, una empresa construyó un Hotel-Resort, que embellece el paisaje con su cuidada pileta, y desde cuyo solarium, cualquiera que pueda pagarlo, puede tener el privilegio de broncearse, mirando distraídamente hacia el Cerro alto del Rey.

De Quilmes a Cafayate, en una pegada monumental, dos autos nos levantaron por parejas, y no tuvimos que hacer dedo más que un rato.
No hay uno de nosotros cuatro que no se haya quedado enamorado de Cafayate: un pueblo prolijo, pintoresco, en el que la gente camina con calma y una sonrisa permanente. Encima, paramos junto a los viñedo de la bodega Domingo Hermanos, cuyo tinto probamos religiosamente en una choripaneada nocturna.


Tres días estuvimos en Cafayate, haciendo y vendiendo más pulseritas, y profundizando con método nuestro incipiente ipismo. No tenemos hipo; somos ipis. ¡No al E-330!


En colectivo, llegamos hasta la Garganta del Diablo, donde estuvimos tirando el paño y pasando sed desde el mediodía hasta las seis y media de la tarde. No fue mala la experiencia: conocimos la Garganta y el Anfiteatro, que son impresionantes como todo el resto del valle.

A la tarde, como nos había prometido temprano, Esteban y su familia nos pasaron a buscar de regreso a Salta, y nos cargaron en la caja de su camioneta. No era grande el lugar, vamos a decirlo, y tuvimos que acomodarnos como pudimos, con mochilas, guitarra y la macrocefalia de algunos de nosotros que no viene al caso nombrar....
El trayecto duró un par de horas, en las que el vientito tibio de los valles resultó sumamente agradable... y premonitorio: Salta nos recibió con lluvia copiosa. Nobleza obliga: nos dio tiempo a armar las carpas, con adaptaciones de varillas incluidas (¡pero qué simpática la empleada de Pehuén, válganos el cielo!, ¡cuánto la queremos!).
Así terminó nuestra primera noche en suelo salteño, amuchados bajo un tinglado que en el camping municipal se empeñan en llamar "quincho", junto a un pequeño grabador que cantaba a los gritos una cumbia zumbona, propiedad de un muchacho algo afectado por la ingesta excesiva de bebidas alcohólicas, obsesionado en manifestar una y otra vez su deseo de ser feliz. Un momentito exquisito, con el que La Linda quiso agasajar nuestra bienaventurada llegada.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La grande finale...





Bien, finalmente logramos juntarnos(foto1), después de perseguirnos como gatos y ratones durante unos cuantos días... El cismo fue en Tafí del Valle, Tucumán (foto2), después de un ascenso selvático, que parecía el desarrollo de un sueño, tras veinticinco horas en tren.





El asentamiento del grupo completo es en "lo de Don Alejandro": un simulacro de camping, con vista a lo que fue un río y ahora es un cauce pedregoso sin agua, pero con fondo de montañas que es una locura. A la apertura de la puerta de la carpa sigue una vista increíble, que se agradece todas las mañanas.





La llegada, aunque sólo sea para tener algo que contar, vino cargada de dificultades... La simpatiquísima empleada del negocio en el que compramos una de las carpas, nos vendió una Hi-Camper, con varillas de Sunterra, como quince centímetros más largas: fenomenal, fantástico, sublime; a las once y media todavía estábamos recortando varillas, probando armados y volviendo a recortar... Las brochettes de festejo tuvieron que esperar un rato, pero cuando llegaron fueron increíbles. Las comimos, por supuesto, a la salud de la simpática empleada.





En el tiempo que estuvimos separados, Maipa y Nico sufrieron un proceso de mutación drástica, que los llevó a transformarse en hippies artesanos. No pasó mucho tiempo hasta que María y Santi padecieron el mismo síndrome: ahora estamos los cuatro haciendo pulseras, collares, tobilleras, en pulcrísimo y refinado macramé. ¡Ah!, y se vienen los apoyavasos. ¡No se los querrán perder!.





Como todos los hippies, somos gregarios. Algunos de los integrantes de nuestra horda promiscua: El Metal y su pequeño cachorrillo Igor, Chicho y Natalia (con su ratón Horacio, un ejemplar de laboratorio de enormes testículos), Sebastián y Florencia, Gustavo y Melina y su pequeña Margaríta, la perrita vomitapaños.





Sí, sí, tiramos el paño en la calle, tenemos los pies sucios y todos menos Santi (por evidentes razones) tenemos piojos. Santi tiene garrapatas. (foto2)





Intentaremos en las próximas entradas profundizar la descripción de algunos de los personajes mencionados (incluyendo, por supuesto, a Don Alejandro, especimen autóctono y particularísimo).





En otro orden de cosas: las empanadas que comimos anteanoche, como esperábamos, estaban de rechupete. No incursionamos en el vino, pero las regamos con la sagrada cerveza Norte, que es un elixir.





A los curiosos de la metereología: esto es muy raro, de mañana un cielo limpio y un sol caliente; hacia la tarde comienzan a aparecer algunas nubecillas, desde el otro lado de la montaña; de noche, a veces, viento y llovizna, a veces estrellas (millones de ellas). Como verán, salvo huracanes, hemos tenido de todo en tan sólo tres días.





Nuestros planes son seguir subiendo hacia Salta, probablemente con alguna escala, a partir del lunes o martes (acá hay que aprovechar el fin de semana, que traerá cuantiosas ganancias a nuestra empresa artesanal: ¡flower power!, ¡la imaginación al poder!, ¡no al E-330!).

sábado, 3 de noviembre de 2007

Rosario - Tucuman... sin escalas!






Buenas y santas!!! como les baila?!!

habiamos quedado hace un par de dias atras en la descompostura causada por aquel pancho.........
despues de recuperarnos, e intentar vender algo por la costanera (sin mucho exito), el clima parecia ir mejorando, y al acostarno en una estrellada noche , nos levantamos con una fuerte lluvia de granizo y con un camping inundado en su totalidad. Tuvimos suerte de no haber puesto las carpas en un desnivel, de lo contrario hubieramos echo buen uso de nuestras antiparras. conocimos a unos artesanos en el camping que nos invitaron a tirar el paño en un lugar cerca de la peatonal, y tambien conocimos a otro chico, "mario" que no hizo acordad mucho a nuestro querido amigo pablito corrial. era caricaturista y antes de irnos nos regalo dos caricaturas (foto 1 y 2)que las veran pronto cuando traigan el cable... (parecemos politicos, prometiendo).
decidimos comprar los pasajes en tren hacia tucuman, y salimos el viernes a las 5 de la tarde (foto3). Hoy nos encontramos en Tucuman. El calor nos recibio con los brazos abiertos. como de costumbre no podia dejar pasar de largo, las empanaditas tucumanas que las hacen con matambre cortado a cuchillo y sin papas en horno de barro.... muy buena. De todas formas esta noche vamos a una peña a rompernos el paladar con ellas y calmarlo con vino y cerveza! mientras miramos algun espectaculo folklorico.
Calculamo estar saliendo mañana bien temprano en micro hasta una localidad cercana para comenzar a hacer dedo e ir a Tafi del valle y Amaicha del valle, ya que aca el tema del alojamiento se complica.. hay solo un camping municipal gratis pera esta en una parque publico rodeado de dos avenidas sin alambrado alguno. ...Bueno eso es todo amigos, despues contamos como Salio la peña.....